07/08/12

Por Amor


Como persona racional, científica y, en lo posible, objetiva, estoy inserto en un mundo de cuestionamientos e interrogantes, aún más si lo espiritual es una forma de vida arraigada en lo más profundo de mí ser. Seguramente muchas personas son así, al igual que yo, sea por las razones que sea; nos llenamos de variables que lo único que logran, en muchas ocasiones, es entorpecer nuestro caminar.

En infinidad de oportunidades he escuchado, sobre todo en temas amorosos, el “disfruta el momento”, “sólo deja que fluya”, “no lo pienses tanto” cuántas otras oraciones que lo que hacen es enredar aún más la situación. Es tan complicado dejarse llevar, dejar la mente al lado, ser total y completamente egoísta, dejar de pensar en los demás, vivir únicamente para complacer tus deseos o inquietudes… dejar lo único que nos diferencia de los animales, el Amor.

En términos amorosos, cómo poder compatibilizar algo tan perfecto y lindo como es el Amor, con la frialdad de dejarnos llevar. Un elemento tan simple, pero tan potente a la vez que es capaz de destruir hasta nuestro último átomo emocional. Tan grandioso que con solo una mirada dulce, nos puede hacer sonreír e iluminar el alma.

El amor puede ser malvado, puede tener envidia, puede ocasionar daño?? La respuesta es no, porque cuando hay amor, las personas nos convertimos en un solo ser, un solo sentir y un solo latir; cuando estamos enamorados o queremos a alguien, lo único que deseamos es darle lo mejor a la persona que tenemos con nosotros, sin mentiras, sin vendas, sin engaños.

Pero qué pasa cuando hay un tercero involucrado? Cuando dos personas pasan a ser tres, cuando un amor ya no es suficiente y necesita de anexos al contrato para seguir en vigencia?

¡Confusión!

¿Y si el dejarse llevar se transforma en luchar por quien se quiere? ¿Luchar por ese amor? ¿Puedo dejarme llevar por amor? ¿Puede importarme nada alguien por amor?  ¿Puedo ser egoísta, frío y calculador por amor? ¿Puedo dejar de respetar a las personas por amor?

Si la respuesta es sí, es porque ya nos hemos dejando llevar y la objetividad se ha ido de vacaciones. 
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