
CAPÍTULO 8
Iba en el taxi pensando millones de cosas – ¿qué le digo?, ¿Le digo que la quiero?, mejor solo me quedo callado y dejo que hable ella. ¡Ay por Dios, no sé qué hacer! Tengo que darle fin a esta situación y parar esto – y se queda convencido de esto último en el asiento trasero del taxi, mientras se pierde en sus pensamientos mirando por la ventana.
- Señor, estamos llegando, ¿dónde lo dejo? - Pablo vuelve al mundo real después de estar sumergido en sus pensamientos.
Mirando hacia la ventana, con postura de buscar algo, se incorpora en el asiento, en ese minuto la ve a ella. Está especialmente hermosa, todo lo que había estado pensando, quedó en nada y su corazón se puso en funcionamiento tan fuerte que podría haber salido de su pecho.
Llega al lugar, el taxi se detiene justo en frente de ella. Antes de salir, Pablo pide al taxista que lo espere y luego sale del auto.
-Hola – le dice Susana.
-Ven - le dice Pablo, mientras la toma del brazo y con fuerza la mete en el taxi.
-¿Qué te pasa?, ¿por qué me tomas así? – le responde Susana, pero se deja llevar.
-Solo cállate, luego hablaremos – le dice Pablo, desconociéndose absolutamente, pues ha tomado una actitud que no conocía que tenía hasta ahora.
Rabia, aburrimiento, impotencia, ansiedad, desazón, ilusión, todos estos sentimientos juntos fueron la energía que poseyeron el cuerpo y el alma de Pablo, y que lo mantienen en silencio.
Pablo saca un lápiz y una tarjeta, escribe algo en ella y se la pasa al taxista.
Pasaron los minutos y Pablo se sentía más firme en su decisión, no miraba a Susana, porque estaba molesto con ella. En ese minuto el Taxista le dice “llegamos, Señor”
-Bájate - le dice a Susana, mientras él también lo hace, luego que cancela la carrera.
El lugar es muy silencioso, entran en un pasillo con muchas luces pero ninguna muy fuerte, después de unos metros recorridos comienzan a aparecer puertas por ambos lados del muro, todas cerradas, excepto una en la cual Pablo entra e indica a Susana que lo haga también, luego los dos adentro, Pablo cierra la puerta y continúan por un pasillo curvo no muy largo y al final de él una hermosa pieza con una cama enorme.
-¡Un motel!, ¿me has traído a un motel? - le grita Susana, con un tono de voz que refleja su enojo y sorpresa.
Pablo la toma fuerte por la cintura, antes que siga reclamando y la besa fuerte. Susana trata de zafarse, pero no lo logra. Después de unos segundos Susana está respondiendo el beso.
Pablo la besa con locura, con rabia, con impotencia y de la misma forma le saca la ropa, sin dejarla hablar, no quiere escucharla, no quiere oírla, solo quiere desnudarla y hacerle el amor.
Enredados entre sabanas llegan al paraíso del amor con un fuerte gemido por parte de ambos. Pablo débil por la situación, se incorpora rápidamente y se viste.
-Estuvo excelente, eres un loco – le comenta Susana, con una voz fresca y juguetona.
Pablo no se inmuta para nada con lo que ella le dice, por lo menos eso quiere que ella crea, pero por dentro está deshecho, sin embargo su rabia es mayor. Termina de vestirse.
-Toma – y le arroja una tarjeta a la cama - este el número del radio taxi que nos trajo, él te dejará donde quieras y no te preocupes por el pago.
Ella lo mira aterrada y con sorpresa, con una desilusión que le sobrepasa el rostro. - ¿Te vas? – Le pregunta Susana – ¿No vamos a hablar nada? – de dice esperando que Pablo le responda.
Adiós – responde Pablo, sin siquiera mirarla, pero con el corazón destrozado, pero convencido que es lo mejor. Y sale de la habitación dejándola a ella aun desnuda en la cama.
Pasaron años hasta que Susana por fin pudo comprender lo que hizo Pablo con ella.
Sola, en un rincón de su habitación, sufre de su soledad, vacía, insípida, sabiendo que ya su vida se resolvió así.
Pablo nunca sabrá si su decisión fue la correcta, pero está conforme, tranquilo de que fue lo mejor para él.
Aquella rubia morirá en su ley, embriagada en una belleza que los mismos años se encargarán de borrar.


