
Desde hace tiempo te he estado presintiendo, te veía de reojo al pasar por los rincones, sentía tu terrena existencia, sentía tus pasos pequeños tras los míos, podía advertir tu presencia, pero las certezas se destrozaban con la estúpida razón, con esa falta de sensibilidad para aceptar que allí andabas, puesto que lo racional transforma todo en fantasías o en imaginación. Pero cuando mis seres angelicales me dieron la fascinante noticia que no eras mi imaginación, sentí que no nos dimos el tiempo de conocernos, de saber que era lo que perseguías de mi, tal vez podríamos haber sido amigos y haber podido conocer tu mundo secreto, así como lo hizo Hernán Rivera Letelier con el suyo, y haber conversado de tus gustos y de tu inteligencia. Siento que nos faltaron tantas cosas por saber. Me hubiese gustado preguntarte por qué te llevabas uno de mis aros, dejándome con muchos aros sin par; por qué te enojabas conmigo a veces, son tantas preguntas que van a quedar sin contestar que creo que pese a todo, es lógico que te quieras marchar de regreso a tu bosque. Me gustaría tanto que esta historia hubiese sido tan distinta y haber podido disfrutar de este acompañamiento silencioso y desconocido. Espero que seas feliz en este partir, espero que no te olvides de mí ya que tienes muchos años a mi lado. Adiós querido duende, espero que seas muy feliz, adiós.