Estando en víspera de la navidad, la vida se transforma en una verdadera locura. Muchos han hecho reportajes de la navidad versus el consumismo, situación que nadie desconoce y a la cual pertenecemos.
Pero, no quiero hablar del consumismo directamente, sino puntualmente del cansancio que logramos desarrollar en ese momento, cuando se acerca la navidad: En el trabajo hay mas actividad que de costumbre por ser fin de año, te das cuenta que ya hace tiempo que empezó el mes de diciembre y aun no haces el árbol, lo dejas para el fin de semana y no te das cuenta cuando es lunes de nuevo y comienzas a ver las casas de tus vecinos llenas de luces, mientras la tuya aun sigue en las tinieblas.
Cuando logras darle un tiempo en tu agenda a la navidad, vas a las tiendas a comprar aquel regalo que pidió tu hijo, te encuentras con toda la cuidad metida en el mismo metro cuadrado que tú, pareciera que te hubieras dado cita masiva, porque no entiendes como hay tanta gente a la misma hora y en el mismo lugar, cuando logras por fin dar con una vendedora, ella te dice: “Lo que busca está agotado”; pero no pierdes la energía y vas a otra tienda y a otra y a otra, recibiendo la misma respuesta “está agotado”. En ese minuto desaparece toda la poca energía de tu cuerpo que a esa altura ya está sudado por el calor y con increíbles dolores en los pies.
Al otro día sales nuevamente a la hora de colación, en busca de aquel regalo que tu hija te pidió, sin lograr nada, pero no solo recorres las tiendas por el regalo prometido sino, para el amigo secreto, para los sobrinos, para la amiga, para el amigo…e increíblemente, parece que donde voy toda la ciudad me sigue o la gente se reproduce o se clona, ¡De donde sale tanta gente! …finalmente, ya uno se acostumbra a terminar sudada hasta la lengua. En fin. Después de todos los días, entre las compras, el trabajo, el arbolito, las presentaciones finales de los hijos, paseos de fin de año (que te comen el pobre fin de semana)…queda la confección de aquellos regalos que no te lo envolvieron en las tiendas, sencillamente porque preferiste pedir el papel antes de mandarte un plantón de una hora en la fila donde los envolvían; tienes que llegar a la casa con las compras camufladas y después que los pequeños se van a acostar, se comienza con la confección de los regalos, terminando tan tarde y tan cansada que cuando te acuestas por fin, pareciera que el despertador suena en cuanto cerraste los ojos…
… Pero, cuando llegas al momento en cuanto tu hijo abre el regalo que esperaba, y lo ve…la expresión de su cara que reproduce hacia el exterior, lo feliz que es, paga todo el cansancio, todos los viajes a las tiendas, todo el sueño que tuviste y te dices “valió la pena”. No hay nada más hermoso ver la felicidad de tus hijos y que logras cumplir su deseo.
Para aquellos padres que sueñan con darles a sus hijos todo lo que no tuvieron o quieren premiarlo por sus buenas notas o quieres retribuir la ausencia producto del trabajo, etc. Quiero dejarles un mensaje: La felicidad de un pequeño se consigue con pequeñas cosas, con un abrazo, con un te quiero, con un te amo, con un beso, con una conversación con ellos, no tiene porque ser un regalo costoso. Es cierto que un pequeño es feliz con los regalos, pero ellos no saben de precios, solo le importa saber que hay un regalo envuelto con un rosón y que es solo para ellos.
Solo depende de nosotros, los padres, hacer que nuestros pequeños valoren las cosas que tienen, no debemos perder la cabeza por saciar los deseos de nuestros hijos con regalos caros. Las cosas maravillosas que tenemos no tienen valor, son gratis, porque no hay dinero que pueda pagar las cosas más simples, enseñémosles a nuestros hijos a valorarlas.

