Todavía me pregunto porque me dijiste aquel día que yo era tan dulce y tu tan diabética.
Todavía no averiguo la raíz de tu forma de ser.
Todavía no descubro tus más recónditos secretos que guardas bajo siete llaves.
Todavía no comprendo el susto que me hiciste pasar.
Todavía quedan rastros de la bella despedida, y de la amarga distancia.
Todavía tengo ganas de estrechar junto a mí tu maldad y juntarla con la mía.
Todavía quiero vivir más noches en compañía de la brisa costera.
Todavía me pregunto si acaso hiciste lo que hiciste para no dañarme, o por hacerme daño.
Lo que pasa es que cada día me cuesta más interpretarte. Y que cada día pienso en la moraleja que quisiste dejarme.
Y aunque este humilde servidor derroche tinta virtual en averiguarlo, estoy seguro que la única que puede escribir con propiedad el final de este cuento de dulzura, es la diabética que un día puso el dulzor que le faltaba a mi vida.