Cerré la puerta y salí.
Sabía que nunca más volvería a entrar en esa casa. Así, sin más, con la pena, la angustia y la desesperación al hombro, di los primeros pasos hacia mi libertad.
Mi salida de ahí fue como la de aquel soldado que está conforme con haber ganado la guerra, pero que le falta un brazo y que al caminar ve su porvenir y comienza a pensar que ya nunca volverá a volver aquella extremidad, y se cuestiona si realmente valió la pena combatir durante tanto tiempo.
No miré atrás, no di un paso en falso, no derramé ni una sola lágrima. Pero dentro mío, todo perdía sentido y el mundo se me hacía escandalosamente grande. Luego me sentí como aquel deportista que va camino a los camarines luego de haber perdido una afrenta, pensando en los errores cometidos y en su responsabilidad en la derrota. Sentí el amargo sabor del fracaso.
Dentro, todo era parecido, pero por lo menos el calor del hogar cobijaba mis planes por ser algo mejor a futuro. Ahora todo quedó en ruinas. Todo murió en un abrir y cerrar de ojos. La ilusión vana de un destino en pareja se diluía entre sollozos y preguntas, entre desazón e incertidumbre. Nada volvería a ser como antes...
...nada.
