Cuando uno llega a la adultez, a esa edad donde se toman
decisiones importantes, donde la ilusión es más terrenal pero no desaparecen,
esa edad donde vemos que los lazos de nuestros padres se diluyen por completo, dejándonos
frente a un mundo por recorrer, donde solo las decisiones a seguir serán las
tuyas. En ese minuto, comenzamos a dar zancadas para vivir rápido y buscar la
felicidad y tratar de mantenerla en el tiempo, en esta búsqueda conocemos el
amor y decidimos entrelazar nuestras vidas, dibujando un mundo donde caminaríamos
de la mano, creando con ese “sí” frente al altar, fuerzas que nos ayudarían a combatir todos
los problemas que viniesen…
…transcurrido los años de aquel “si”, nos encontramos solos,
con una distancia entre ambos cada vez más amplia, la comunicación inexistente
ha ido borrando el castillo que estábamos construyendo juntos, nos sentimos
ajenos en nuestras propias camas. Ya no te veo, ya no me ves.
El dolor se mezcla con la rabia y el amor ya no se ve, ya no
queda fuerza, ya no queda tolerancia, ya no queda dulzura, ya no queda
compasión, ya no queda nada…
Hemos olvidado por qué nos casamos, hemos olvidado cómo nos mirábamos,
hemos olvidado tomarnos de las manos, hemos olvidado acariciarnos, hemos
olvidado lo que nos enamoró.
Hemos dejado que nuestro egoísmo nos acabe y que el orgullo fortalezca
el escudo que hemos creado entre los dos y que no nos permite sentirnos.
¡¡Señor!! ¿Nos amamos aun? ¿Debajo de esa rabia, de esa
pena, de ese orgullo, aun existe amor?, ¡Ayúdanos a discernir! ¡Ayúdanos a mirarnos
de nuevo y a recordar por qué decidimos formar una familia! ¡Saca de nuestros
corazones el egoísmo y complementa nuestras vidas con la riqueza de tu compasión
y bendice de nuevo nuestros corazones con la fuerza para continuar construyendo
juntos!
Míranos, el amor fue la fuerza que nos unió, no nos
abandones, Señor, por favor.